Una vez más la música, como atravesada, como la dama del lago que corre el velo, empieza a hacer nicho en tus huesos. El espacio se llena de fantasmas, rondan, y cada martillo descubre un nuevo rasgo. Ahí están, ahora, rostros conocidos, ahí está ese eslabón que da sentido al designio enmarañado de tus años. El loco de la azotea, ahí, te mira y sonríe, todo gomina y vozarrón, toda -única- conexión con esa profundidad tan natural con la que ciertas notas te recorren hasta el escalofrío. El niño de los dedos de mimbre, el que te sacó el mal trago, el que un día de la nada te recordó que una secuencia de notas sorpresiva puede derribar el resentimiento más inquebrantable, puede revolver lo más recóndito de tu ser y llevarte a las lágrimas en cuestión de segundos, el niño se sienta a tu lado y escucha, y se cuela entre tus dedos y juega a saltar de un lado a otro. Lo sabés y te alegra.
Y entonces, después de tanta pelea y negación y derrota, después de arder y ser cenizas, otra secuencia de notas reabre la jaula, como por arte de magia o destino, y todo empieza a volver, tímidamente, hasta envolverte en un torbellino de pasillos vacíos repletos de sonidos lejanos perfectamente distinguibles, aulas de techos eternos y notas como gotas rebotando contra las paredes y esparciéndose por el aire. El olor a madera guardada, a caña, los labios húmedos, la sensación en los dedos al recorrer los ínfimos pelos del paño azul y la silueta perfectamente apisonada, la tenue curvatura de una clavija, la suavidad tensa del cuero extrañamente cálido, aún en invierno, la vibración de un arco en la mano, el roce de las cerdas, el ritmo de los tacos por el pasillo marcando el pulso de una sinfonía disonante y perfecta. Y la desolación de una nena con demasiada curiosidad y poca disciplina.
Una vez más la música empieza a hacer nicho en tus huesos y un cosquilleo te sube por el cuerpo. No importan ya los años, la frustración o el silencio, no importan los amagues. Lo ves claro ahora. Sólo estabas jugando a las escondidas. Y, desafiante, una palabra se escribe en el aire: pica.