
Queríamos tanto más, más que el fuego y las palomas, más que la tinta pegada a los cuerpos. Queríamos la sed verdadera y morir en la intrascendencia. Queríamos ser la lluvia, fundirnos con la lluvia sin poder beberla, convertirnos en los personajes inútiles del absurdo. Queríamos demasiado, más de lo que nos podíamos dar.
Y ahora el banco está vacío y llueve, y vos estás en medio de algún estallido de neuronas, ajeno al mundo.
Cómo moría en vos antes de eso...
ay, cómo brillaban tus ojos cuando el mundo era tu cuerpo.