I. Estamos tan solos, querido, tan solos en nuestros mundos minúsculos y llenos de piedras y palabras. Tan vacíos de sentido. No sentir nada. Sentir la nada colmándote el cuerpo y querer drenarla, hacer espacio para las emociones. Eso es lo que nos sucedió. Eso nos llevó al extremo de la noche de nuevo, y jugó con nuestros límites, nos desvistió los muslos como un grupo de vírgenes sedadas por el terror, nos hincó los dientes.
Así, sangrando entre las piernas, corrimos por las calles sin luces y dejamos atrás partes del sexo y de las palomas que escondíamos en el vientre.
¿Ahora entendés, mi amor?
II. ¿Ahora entendés por qué no notás la diferencia?
Estamos en una misión interminable, excavando en cuanto terreno baldío encontramos, y no nos importa ni edad ni sexo ni nombre, no nos importa si el baldío es el jardín trasero de la prisión o del hospicio, sólo buscamos emociones fuertes instantáneas, un momento de ojos enormes, un momento de humedad y un maldito latido. Uno sólo. Por eso no es suficiente.
III. Por eso seguimos vagando y chocando y dejando más aves por la tierra, y el círculo nos tienta, el círculo nos asegura algún segundo, pero es el mismo y ya no sirvió y no sirve ahora. Ahora buscamos enceguecidos por el sol, buscamos sentir el sol, buscamos pieles que ardan, buscamos labios indefinidos, buscamos manos y ojos, y ojos, y ojos. Los ojos no hablan de sexo. Ni las manos de amor. ¿Ahora entendés que no buscamos lo mismo?